El pasado 14 de octubre “Tax Fundation” publicó su ranking de competitividad fiscal, que como su nombre indica, mide qué tan competitivo y atractivo es un sistema fiscal para los inversionistas, tanto nacionales como extranjeros. Mientras los primeros puestos los ocuparon Estonia, Letonia y Nueva Zelanda, nuestro país se ubicó en el puesto número 35 de 36 países evaluados (nuestro sistema fiscal es únicamente más competitivo que el italiano). 

Pero ¿Por qué nuestro sistema tributario ocupa un lugar tan baja en este ranking? Y aún más importante ¿Qué implicancias tiene para nuestro potencial de crecimiento?

Respondiendo a la primera pregunta, cualquier persona que haya puesto un negocio o un abogado especialista en derecho tributario, dirá que nuestro sistema impositivo es complicado y poco amigable, imposible de abordar sin ayuda de un contador.

Poco ayuda que en Chile tengamos una decena de leyes relacionadas con la tributación: Código Tributario, Ley de Impuesto a la Renta, Ley de Impuesto de Valores y Seguros; sólo por nombrar algunas. Una frase recurrente entre muchos expertos es que “hay tantas normas especiales en el Código Tributario, que la norma general parece más una excepción”, que lo que indica su nombre. 

La última reforma tributaria, la llamada “Modernización tributaria” tampoco aportó en mejorar la competitividad fiscal: el antiguo régimen de renta atribuida (un fracaso de la gestión del exministro Arenas), fue sustituido por tres regímenes “pro-Pyme”, más el Régimen General para las grandes empresas. Por último, cabe señalar que tantas exenciones posibilitan disfrazar ingresos que debiesen tributar y acogerlos a alguna de las múltiples excepciones.

Poco le importarán a los inversionistas las razones antes esgrimidas, al fin y al cabo, una mayor complejidad tributaria permite una mejor “ingeniería fiscal”, como sucedió con las empresas zombies creadas por los grandes grupos económicos durante las décadas de 1990 y 2000. Entonces ¿Qué limita a ojos de un inversor el interés por instalarse en nuestro país?

En el caso de los inversores extranjeros, las limitaciones dicen relación con los costos de sacar utilidades de nuestro país: una tasa del 35% además del impuesto de primera categoría ya pagado (27%). Esto, simado a que para las empresas chilenas los ingresos obtenidos en el extranjero también están sujetos a tributación (independiente si estos ingresos son repatriados) hacen de nuestro país uno muy poco atractivo para invertir.

¿Significa esto que nuestro país es una suerte de Argentina o Dinamarca en cuanto a su recaudación?

Para nada, ya que las decenas de exenciones permiten millonarias elusiones de impuestos. Mineras, aerolíneas y camioneros tienen una devolución del 80% del impuesto específico a los combustibles; las empresas forestales tienen una reducción importante en su base impositiva, y la estructura tributaria en las mineras es tal que resulta más atractivo exportar concentrado de cobre que refinarlo (el segundo paga IVA mientras que el primero no).

Tampoco se trata de eliminar todas las exenciones de un plumazo, ya que hay algunas que terminaríamos pagando los ciudadanos, como la rebaja en el impuesto específico, no así si ésta se eliminara para las mineras. 

Para tener un sistema tributario competitivo, debemos fomentar una mayor libertad de circulación para los capitales, reducir el número de regímenes tributarios y automatizar y simplificar las declaraciones de impuestos, ya que nuestro país más que duplica el número de horas destinado a este último ítem; pero sin dejar de lado la necesidad de cerrar puertas a la evasión fiscal, ya que nuestro país tiene mucho por avanzar en esta materia, no así en seguir subiendo los impuestos a las grandes empresas, donde ya estamos en el límite de lo que podemos elevarlo.

Tener un sistema tributario competitivo nos hará atraer inversión, pero no sólo para la minería o el retail, sino incluso podría atraer a que se instalen las sucursales regionales de grandes empresas, esto, con una mejor política redistributiva podría incentivar un repunte de nuestro crecimiento muy por sobre el escuálido crecimiento tendencial de 1,5% con que nos ha calificado recientemente el FMI. 

Un sistema tributario más competitivo sí o sí atraerá más inversión, que a su vez generará mayor crecimiento, lo que a su vez implicará mayor recaudación, y una mayor recaudación nos permitirá aumentar el gasto social sin recurrir a deuda pública, la que casi se ha triplicado en los últimos diez años. Tener un sistema tributario eficiente marcará la diferencia en cuánto nos demoraremos en recuperarnos una vez pasado lo peor de esta crisis.

Sebastian Ortiz Collao

Licenciado en Física

Profesor física y matemáticas, U. Santa María

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