Una de las características esenciales de quienes continuaron la tarea de Jesucristo, según el libro de Hechos capítulo 4, es, que perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones. Un dato interesante si consideramos que aquella simplicidad para hacer comunidad cristiana se dio en el inicio de la iglesia sin la presencia corporal de nuestro Señor.

Ahora, a decir verdad, creo que el paso de los años ha dañado la concepción original de cómo debemos hacer ministerio, haciéndonos creer en muchas oportunidades que el cambio de época significa necesariamente un cambio en nuestra manera de compartir la fe; peor aún, la forma en que entregamos el mensaje. Quizás esa es la razón de por qué algunas iglesias que pretendiendo ser atractivas y dudando del poder del evangelio han depositado sus esperanzas en hacer una liturgia entretenida incorporando buena iluminación, sonido y bandas musicales potentes, en desmedro de la predicación, y en otros casos “la estrategia” por sobre el verdadero conocimiento de Dios, porque recordemos “conocer de Dios, no es lo mismo que conocer a Dios” (J.L. Packer).

De todas formas, no tengo nada en contra de éste tipo de culto siempre y cuando lo principal no sean las luces ni el predicador de moda, sino la predicación de la palabra y el evangelio de Jesucristo, que es en definitiva el que transforma el alma.

Pero es necesario poner atención en esto, porque tengo la impresión que cada cierto tiempo tenemos la tendencia a distraernos con las cosas de este mundo (1 Juan 2: 15-16). Es más, si somos honestos, a lo largo de la historia hemos visto cómo el evangelio ha sido “predicado” en formato de guerra y en muchas ocasiones, ha sido suplantado por la predicación de la seguridad económica, la educación, el activismo político. Y en tiempos más recientes: la administración, los conceptos empresariales y la exacerbación del liderazgo, como si verdaderamente allí se encontrara la salvación del hombre. Ahora, no estoy diciendo que la educación no sirva para los fines del reino, ni que la política esté distante de la práctica cristiana de ser “luz y sal de este mundo”. Tampoco estoy desechando los conceptos de administración y liderazgo. Sólo estoy diciendo que tienen su lugar; lugar que no se encuentra por sobre los principios de Dios revelados en Su palabra, sino al contrario, bajo Su influencia santa.

En este sentido, podríamos afirmar que existen cuestiones vitales y periféricas. Entonces, y a propósito de la oportunidad que estamos visualizando con un nuevo comienzo o énfasis en recuperar la dinámica de comunidades misionales (comunidades que a propósito son muy parecidas a las descritas en el libro de los Hechos), es necesario preguntarnos qué tipo de comunidades queremos ver, porque tenemos dos opciones: 1) comunidades misionales reproductivas y, 2) comunidades misionales con fecha de caducidad.

Comunidades misionales reproductivas

Hablar de comunidades cristianas misionales en esta época, representa una esperanza para el cristianismo contemporáneo. Especialmente, cuando la falta de un modelo reproductivo es evidente (y podemos estar en desacuerdo con la afirmación “falta de un modelo reproductivo”), porque es posible que en algún país exista una especie de modelo que desconozco. Pero, ¿podríamos afirmar que tal modelo es realmente consistente en cuanto a su profundidad? ¿Podemos decir que tales comunidades además de crecer en número, serán comunidades verdaderamente cristianas en su esencia? Y si es así, ¿harán en verdad una diferencia en las distintas esferas de la sociedad? ¿Deberíamos preocuparnos de esto?

Sospecho que las repuestas más optimistas serán: “Nuestro trabajo es compartir el evangelio y listo”. “Las comunidades tengan o no profundidad, no es responsabilidad nuestra”. “Da lo mismo que sean cristianas, lo importante es que participen y apoyen los proyectos”. “Si dan testimonio, ¡genial! Si no, ¿cuál es el problema?”. Tranquilidad, estoy exagerando para exponer el punto con claridad, porque de seguro ninguno de nosotros es indiferente a este tipo de cuestiones, sobre todo, cuando tenemos el privilegio de llevar adelante la obra de Dios. Ahora, sin ánimos de ofender a nadie, también existe la posibilidad de que alguno de nosotros piense sinceramente que ese tipo de cuestiones no ameritan mayor reflexión. Y está bien, siempre y cuando nuestros pensamientos se presenten a Dios. En perspectiva, el verdadero problema sería que fuésemos indiferentes a una situación que requiere de nuestras convicciones, experiencias y voluntad.

En el fondo, estoy diciendo que la falta de un modelo o la existencia del mismo, debería ser motivo de interés para nosotros. No para reprocharnos o ponerlo como la única solución, sino para ayudarnos a explorar una forma de revitalizar el trabajo que hacemos en nuestros países.

Volviendo al tema de comunidades misionales reproductivas, para mí la cosa es sencilla: tenemos todos los elementos que necesitamos para volver a crecer y multiplicarnos. Primero, porque Dios es el fundamento de nuestras acciones; segundo, porque la obra de Dios a través de la historia ha experimentado la multiplicación espiritual a gran escala; y tercero, porque la motivación de los creyentes debería ser una genuina entrega de servicio a Dios y a nuestro prójimo.

Entonces, como Dios es el fundamento de nuestras acciones, para tener comunidades reproductivas no debemos perder de vista lo esencial. Esto significa que además de permanecer en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones, debemos ante todo: “perseverar en la doctrina de los apóstoles”. Esto como un no negociable a fin de establecer comunidades o iglesias reproductivas; es decir, una de las primeras cosas que deberíamos discutir es: ¿Qué tan dispuestos estamos a que nuestro discurso y estrategias apunten a “perseverar en la doctrina de los apóstoles”, predicando “todo el consejo de Dios” y sosteniendo que “toda la escritura es inspirada por Dios y útil…”? O sea, invertir seriamente para que nuestros líderes no sólo hablen de Dios, sino que también conozcan a Dios y junto con esto, sean fieles, relevantes y claros a la hora de edificar comunidades misionales con la Biblia como instrumento fundamental.

Ésta es quizás una de las observaciones más importantes en todo el discurso, ya que no podemos aspirar a fundar comunidades misionales reproductivas de largo plazo con artículos, manuales, testimonios o experiencias. Pues de ser así, en algunos años seguramente volveremos a preguntarnos, ¿qué ha sucedido?

De más está decir que experimentos sin Biblia hemos tenido por doquier. Por ejemplo, ahí están los resultados del G12 cuyos grupos terminaron predicando cualquier cosa. La iglesia pentecostal o las mismas corrientes carismáticas podrían ser otro ejemplo, pues han hecho del púlpito un lugar de discursos motivacionales, valóricos y alegorías absolutamente fuera de contexto respecto de lo que la Palabra de Dios dice.

En consecuencia, debemos tomar una decisión. Y ojo que no estoy proponiendo que todos vayan al seminario. No obstante, estoy diciendo que todos nuestros esfuerzos deben ir acompañados de un desarrollo bíblico intencional para todo nuestro liderazgo. Porque no considerar un aspecto crucial en nuestro trabajo es hacernos cómplices, advertidos por la misma Palabra y la realidad de experiencias realmente tristes.

Comunidades misionales con fecha de caducidad

La contraparte de las comunidades misionales reproductivas son las comunidades misionales con fecha de caducidad, es decir: sin Biblia, así de simple. Porque las comunidades misionales por mucho que busquemos estandarizarlas, tendrán un carácter propio de acuerdo a su composición, geografía y grupo etario.

Sin embargo, si algo necesitamos de manera transversal es que, independiente del carácter de cada comunidad y del tiempo que dispongan para la comunión de unos con otros… el partimiento del pan…  las oraciones… los juegos de mesa… entre otros es que todas “perseveren en las enseñanzas de los apóstoles”, predicando “todo el consejo de Dios” y sosteniendo que “toda la escritura es inspirada por Dios y útil…”

En suma, no debemos olvidar que las primeras comunidades fueron establecidas por hombres que conocían las Escrituras y que habían caminado con Jesucristo; misma exigencia que un discípulo, ministro, misionero o líder misional de nuestra época debería tener.