por Pablo Sánchez Márquez, estudiante de Derecho

 “Chile no es un país corrupto” escuchamos muchas veces. Sin embargo, todos hemos sido testigos de los casos de financiamiento irregular de la política y el cruce de influencias para fines personales a través del caso Penta, Caval, el conflicto del SII y otros, lo que ha generado una profunda desconfianza social. Frente a una situación que se ha posicionado como “alarmante” y “extremadamente grave”, quisiera hacer una breve reflexión desde el evangelio.

En primer lugar, me parece que la reacción social y política refleja la contradicción en la que estamos insertos y pone de manifiesto la necesidad de compartir el evangelio. En la discusión sobre aborto o eutanasia, surgen argumentos que dicen: “no se puede imponer a nadie una determinada visión o valor”.  Este “principio de no imposición”, si queremos llamarle, tiene su raíz en una concepción relativista y subjetivista de la moral. Relativo consiste en la intercambiabilidad de valores[1] de acuerdo a criterios flexibles y poco estables. Todo “depende”. No hay una base sólida de principios sobre la cual sea posible analizar las circunstancias. Subjetivo es “sub jectum”, es decir “del sujeto”. El sujeto es quien determina sobre la circunstancias concretas lo bueno o malo, correcto o incorrecto dependiendo de su contexto actual.  En consecuencia, siguiendo la lógica de relativismo moral; ¿Quién dice que lo hecho por políticos y empresarios es necesariamente malo? Puede que a los ojos de ellos no sea malo. Es más, puede que sea bueno. Al final, “aportar a un político es aportar al servicio público”. Lo cierto es que “El relativismo hace imposible criticar el comportamiento de otros porque, en última instancia, niega que exista lo que se llama actuar mal. En otras palabras, si crees que la moral debe ser definida en forma personal, jamás podrás volver a juzgar las acciones ajena”[2]. Sin embargo, lo que vemos es una reacción social y política condenatoria hacia las personas que están involucradas. Esto es una manifiesta contradicción e incoherencia.

En segundo término, hay situaciones que se han omitido en el debate público y en la actitud condenatoria general, que pienso se deberían considerar. Supongamos que es electo Diputado o Senador y su financiamiento fue propio y logró obtener una votación eficaz. Ahora está inmerso en un mundo distinto. Es otra realidad, distinta, pero real. Comienzas a conocer a grandes y pequeños empresarios. Te codeas con los políticos que antes mirabas por televisión. Incluso si participabas desde antes en un partido político, sólo los conocías de lejos y esporádicamente. Ahora eres parte de lo que llamamos “la clase política”. Comenzaste a conocer personas, y te hiciste cercano a algunos de ellos. Algunos empresarios creen en tu forma de pensar y están dispuestos a ayudarte a financiar la tan costosa carrera parlamentaria. Al fin y al cabo, se trata de amigos.

Las relaciones personales que se generan en estos estratos sociales son imposibles de evitar e imposibles de regular al cien por ciento. Sólo un Estado totalitario, capaz de interceptar y supervigilar su vida podría controlarla sobre la base del miedo, como sucede en el clásico libro “1984” de George Orwell. Sin embargo, incluso al protagonista de tan excelente novela le queda reservada un área en la que el Estado-Gobierno le es imposible penetrar: la conciencia.

No podemos juzgar condenatoriamente los vínculos sociales que se generan a nivel de las élite. Es un absurdo. Sería como prohibir hacer amigos sólo por la posición que se tiene. Tampoco la ley tiene como fin regular sino acciones externas. La ley no tiene como fin –ni tampoco puede- regular la moral de las personas. Se puede decir que la ley es una expresión sofisticada de la moral, pero este razonamiento sería absurdo si se sostiene sobre la base de un relativismo moral, puesto que exigiría concluir que hay una moral objetiva que es fuente de la regulación jurídica[3].

En tercer término, por alguna razón, se piensa que si una empresa financia a un político, lo hace con un interés de por medio y eso puede ser cierto; de hecho yo pienso que lo es. Sin embargo, la pregunta que no se logra responder es: ¿Por qué es ilícito o condenable? ¿Acaso el interés de las empresas es per se “malo”? ¿Tiene la empresa un interés per se de querer perjudicar al consumidor o a sus trabajadores?

Ya sabemos que “bajo el relativismo, la justicia es un concepto que no tiene sentido alguno. Para empezar, la palabra misma no significa nada: ésta sugiere que las personas merecen un trato igualitario basado en un estándar externo de lo que está bien, y como se ha dicho, los relativistas no pueden creer en lo bueno y lo malo. Además, no existe lo que llamamos culpa. La justicia implica castigar a los culpables, y la culpa supone tener algo que reprochar”[4]. En esta misma línea, tiendo a pensar que esa forma de ver las cosas se debe a la influencia de la ideología marxista de la lucha de clases[5]. En la ideología marxista, la sociedad está dividida y en conflicto contra sí misma. Por ello, se tiende a pensar que “el empresariado” busca vías para perjudicar a la “clase trabajadora”.  Se olvida en general que sin trabajadores no hay empresa, y sin empresa no hay trabajadores. Hay una relación de cooperación, y no de poder como sugirió la presidenta de la CUT, Bárbara Figueroa, en una sesión de la Cámara de Diputados. En efecto, considerando el “menor poder” del trabajador, es que surgen figuras como los contratos dirigidos, consistentes en normas de derecho público sobre las que no es posible negociar.

Tanto el relativismo, como el marxismo, se convierten en paradigmas para ver la realidad, impidiendo ver más a fondo la actual controversia. Así, me parece que la pregunta de fondo es: ¿Cómo se puede canalizar el legítimo interés de la empresa? Aquí surge con fuerza la importancia de los gremios y asociaciones y otras vías[6].

Con todo esto en el panorama, podemos esbozar algunas  ideas desde el evangelio:

 a)   Sólo desde una base externa y perfecta podemos evaluar nuestro actuar. Debemos recordar que somos pecadores y que nuestra moral y nuestra visión y evaluación de la misma están afectadas por el pecado. Por lo tanto, necesitamos que el evangelio redima nuestra moral y la visión de lo mismo.

Es necesario recordar, sin embargo, que la redención que ofrece el evangelio no se basa en un comportamiento o desempeño moral decente, sino que, el amor de Dios se muestra en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros (Romanos 5:8). Por lo que lo único que puede cambiar nuestra visión, evaluación y desempeño moral, es el evangelio de Jesucristo.

 b)  Las relaciones personales, que escapan de la regulación jurídica, no escapan del evangelio. El propósito y fin de nuestras relaciones personales también deben ser redimidas por el evangelio. Una consecuencia práctica es pensar al momento de involucrarnos en una relación de amistad “¿Cómo puedo servir a mi amigo?” Esto conlleva a velar más por el interés de mi amigo que por el mío propio (Filipenses 2:4). Pero es bueno recordar, nuevamente, que sólo el evangelio puede trasformar nuestra visión de la amistad.

c)   Los intereses corporativos no son ajenos al evangelio. El relativismo no puede dar criterios para evaluar nuestro actuar en la empresa privada. En cambio, el evangelio nos presenta un modo de actuar en público que refleje nuestra identidad. Cuando nuestra identidad está en Cristo, debemos procurar conservar en buen estado las cosas positivas de la sociedad. Pero también debemos ser una luz que brille en medio de las tinieblas en que estamos insertos en este mundo[7].

“Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve insípida, ¿cómo recobrará su sabor? Ya no sirve para nada, sino para que la gente la deseche y la pisotee. Ustedes son la luz del mundo. Una ciudad en lo alto de una colina no puede esconderse. Ni se enciende una lámpara para cubrirla con un cajón. Por el contrario, se pone en la repisa para que alumbre a todos los que están en la casa. Hagan brillar su luz delante de todos, para que ellos puedan ver las buenas obras de ustedes y alaben al Padre que está en el cielo, dice Jesús (Mateo 5:13-16) Esto, por cierto es algo radical. Implica estar atento y actuar deliberadamente de una forma que refleje nuestra identidad como discípulos de Cristo frente a dilemas éticos cotidianos.

En la sociedad hay una lucha constante, pero no entre clases como postula el marxismo, sino entre la luz de evangelio y las tinieblas. Cuando la sociedad condena situaciones como las conocidas por todos, actúa en contradicción, porque espera un actuar correcto pero sin fundamentos para la misma. Incluso si presentara un sustento filosófico en una actuar correcto sobre la base de un interés público superior, tal idea no redime nuestra manera de pensar, por lo tanto no cambiará nuestra forma de actuar.

La Luz que nos llama a ser nuestro Señor disipa las tinieblas. Cuando prendemos la luz en la pieza, después de haber estado con la luz apagada, los ojos se resienten un poco. De la misma manera, cuando la luz del evangelio predicado y vivido, genera un conflicto con aquellos a nuestro alrededor. No podemos esperar que la predicación y el impacto del evangelio sea pacífico, en una sociedad en la que ya ni siquiera se acepta la existencia del Dios de las buenas nuevas.

Sólo el evangelio nos puede trasformar.



[1] “SANTA CRUZ, Lucía. “Conversaciones con la Libertad”

[3] Que la ley es una expresión de una ley moral objetiva externa al sujeto se corresponde con una postura iusnaturalista del derecho. Sin embargo, hay discusión en relación a la preexistencia de esas normas morales supra-jurídicas. ¿Son normas morales que rigen en la sociedad en el momento de surgir la regulación? O ¿Son normas anteriores a cualquier sociedad y regulación, por ende deben ser respetadas?

[5] Ver “Los caminos de la Libertad” de Bertrand Russell

[6] No voy a entrar en otras formas de resolver este dilema por exceder con creces el propósito de esta reflexión.

[7] Ver “El Sermón del Monte” de John Stott (La Contracultura cristiana)