Por Carlos Tenorio Mora

¿Alguna vez te has sentido tan intimidado y abrumado por alguna situación de la vida en la que le ha parecido que ya Dios no está contigo o que por lo menos a él  pareciera no importarle sus circunstancias?  ¿Y cómo sería si esa aparente ausencia durara mucho tiempo al punto de experimentar un gran vacío o soledad existencial?

A través de la historia, creyentes reconocidos por su fe y obras de amor por los otros han llegado a experimentar esa sensación de abandono y vacío de manera muy intensa.  Algunos han llamado a este periodo “La noche oscura del alma”.  Por ejemplo,  hace algunos años, se publicó un libro llamado “Ven, sé mi luz,” sobre la Madre Teresa de Calcuta en el que se hicieron públicas sus luchas espirituales más profundas.  En unas cartas que ella había enviado a sus directores espirituales ella les confesaba lo siguiente:

“…Desde el año 49 ó 50 tengo esta terrible sensación de pérdida—esta oscuridad indecible—esta soledad—este continuo anhelo de Dios—que me causa ese dolor en lo profundo de mi corazón.—La oscuridad es tal, que realmente no veo—ni con la mente ni con el corazón.—El lugar de Dios en mi alma está vacío.—No hay Dios en mí.—Cuando el dolor del anhelo es tan grande—sólo añoro una y otra vez a Dios—y es entonces cuando siento—Él no me quiere —Él no está allí—[...] Dios no me quiere.—A veces—sólo escucho a mi corazón gritar—«Dios mío» y no viene nada más.—No puedo explicar la tortura y el dolor.  Mi corazón está lleno de oscuridad y soledad y en continuo dolor…” (Kolodiejchuk, 2008)

El dolor que esta gran mujer llevaba muy dentro de su alma no era evidente para nadie.  Ella se enfrentaba muy sola a esta difícil prueba de fe mientras continuaba conduciendo a los necesitados hacia Jesús.  De hecho en el mismo libro se narra como el resto de sus compañeras de misión nunca la vieron perder “el equilibrio”  emocional en ningún momento aún bajo las circunstancias más difíciles.  Ella mostraba una alegría y una paz sobrenatural.  Varios años después, la Madre Teresa, narra como volvió a experimentar de manera muy real la presencia de Dios en su vida.  (Kolodiejchuk, 2008)

En los evangelios sinópticos (Marcos, Lucas y Mateo), se encuentra un pasaje que narra un momento donde los discípulos, amigos cercanos de Jesús, no solamente llegaron a vivir el terror de sentir que Dios los había abandonado a su suerte, sino que también llegaron a conocer a Jesús de una manera distinta.  En medio de ese aparente desamparo, lograron presenciar el poder de Dios que controla tanto el mundo natural como el mundo espiritual.

Marcos comienza a describir cómo Jesús después de haber estado en Capernaúm donde ya había realizado muchos milagros, decidió ir, en la noche,  al otro lado del Mar de Galilea (también llamado lago de Tiberíades y lago de Genesaret) a anunciar, también allí,  las buenas noticias de su Reino.  Desde la perspectiva judía de aquel entonces, el mar no era un lugar agradable donde se sintieran muy cómodos y seguros; más bien, ellos eran tradicionalmente una nación del desierto.  Eran un pueblo habituado al pastoreo.  El mar tenía una fuerte connotación negativa.  Muchos veían el mar como la morada de los muertos (Romanos 10:7) o el averno, donde están confinados los malos espíritus (Lucas 8:31,  Apocalipsis 9:1-11; 20:1-3) y el lugar de donde ascenderá el anticristo (Apocalipsis 11:7 y 17:8).  (Achtemeir, 1985)

Por eso, tomando en cuenta este contexto, la feroz tormenta que se desató y las olas que con violencia golpeaban la barca implicaban una fuerte oposición espiritual a la misión que Jesús los había invitado.  Llama la atención que en medio de dicha tormenta Jesús duerme serenamente cual bebé recién nacido descansa en los brazos de su Padre.   Como padre de dos hijos (Josué y Ester) me he dado cuenta de que el más mínimo ruido tiende a despertar a un niño pequeño; pero también he visto con asombro como mis hijos son capaces, en medio del escándalo producto de la música y de los gritos de los participantes de una fiesta infantil pueden dormir plácidamente, en mis brazos, sin ninguna dificultad.

Durante esos aterradores segundos, o tal vez minutos, es cuando los compañeros de viaje de Jesús llegan a tal grado de desesperación en el que no comprenden la actitud en apariencia indolente de su maestro.  Todos trataban de alguna manera de mantener el bote a flote.  El lector de estos pasajes se podría imaginar como algunos de estos hombres se aferraban a las velas o al timón tratando de recobrar el control de la nave, otros, seguramente se encomendaban al Creador, otros gritaban despavoridos imaginándose su final mientras que su maestro parecía estar ausente de tremenda crisis, como si no le importara que todos se ahogaran.

Esta idea de que tal vez a Dios no le importa se puede convertir en la prueba de fe más complicada para cualquier creyente que se siente llamado por Dios a ser parte de su obra.  Estos hombres no estaban en tremenda tormenta porque habían desobedecido a Dios como sucedió alguna vez con el profeta Jonás sino porque habían confiado ciegamente en su Maestro.  Estaban ahí porque Jesús mismo les había pedido ir “al otro lado”.

Cuenta Marcos que cuando Jesús se despertó reprendió al viento y le dijo a las olas que se callaran y de manera súbita el viento se detuvo y hubo una gran calma.  De por sí, no está de más recordarlo aquí, toda la creación está sujeta al señorío de Jesús.  Es en este momento, en el que los amigos de Jesús se percatan de su gran poder que no solo domina las fuerzas de la naturaleza sino también cualquier espíritu maligno que quiera levantarse en contra de ellos.  Ese día, llegaron a conocer a Jesús, el que les había enseñado con autoridad y a quien habían visto ya realizar múltiples milagros, de manera distinta.  En sus corazones se preguntaban: “¿Quién es este hombre?”

En este pasaje,  queda la impresión que Jesús esperaba una respuesta distinta de sus discípulos ante la tormenta. Jesús les lanza un incisivo cuestionamiento que algunas versiones de la Biblia, como la Nueva Versión Internacional, traducen “¿Por qué tienen TANTO miedo?”    Es como si Jesús validara que el creyente tenga la posibilidad de experimentar temor durante una crisis, pero no “tanto”.   Parece que la expectativa de Jesús es que sus seguidores demuestren tener fe en los momentos cuando se sientan presionados por las dificultades.  No se espera que un creyente actué con “tanto” temor como cualquier otra persona que todavía no haya puesto su fe en Jesús.  Para él, tal vez era incomprensible como sus discípulos a pesar de haber estado con él tanto tiempo todavía no tenían fe. Marcos agrega que los amigos de Jesús estaban “completamente aterrados” ante todo lo que acababan de vivir.

Bill Bright el fundador de la Cruzada Estudiantil, organización para la cual tengo el privilegio de trabajar, enfatizaba que el creyente debe poner su fe en la fidelidad de Dios y su Palabra, la Biblia, porque nunca cambian.  El reto está en mantenerse así, incluso cuando las emociones lo hagan pensar que tal vez ya Dios no está con uno.  Es una prueba muy fuerte de la fe cuando de manera crónica se encara la oposición, la miseria humana o bien la aflicción de algún mal físico.  Pero incluso en esas coyunturas, las palabra de Jesús retumban trayendo paz en medio de la ventisca:   “Tengan por seguro esto: que estoy con ustedes siempre, hasta el fin de los tiempos» (Mateo 28:20).