“¿Ubica la casa de Miguelito, el del tractor?”. Esa pregunta fue la clave para dar con un dirección en Matanzas, ciudad que está a unos cien kilómetros al occidente de La Habana. En la isla, por sobre cualquier cosa, lo importante está en su gente y no en los detalles que se fija el mundo aparentemente desarrollado; porque de seguro para llegar a una dirección en cualquier lugar bastará con encender el GPS, saber el nombre de la calle y el número, introducir los datos en una aplicación del celular y estará sin problemas en la puerta de destino.  Acá todo es distinto; se entremezcla el realismo mágico de Macondo, del premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez, con la máquina del tiempo, al ritmo del son y bamboleo inagotable de palmeras, el ron, el calor agobiante y muchas historias que permanecen más vivas que nunca, gracias a los cubanos de a pie.

Cuba es hoy por hoy el país de moda en el concierto internacional, gracias a la determinación que tomaron los gobiernos de Raúl Castro y Barack Obama de reanudar relaciones diplomáticas, la que hicieron pública el 17 de diciembre de 2014. Este será, sin duda, un proceso largo, no exento de polémicas y que no implicará un punto final inmediato al bloqueo ni el retorno a la administración cubana de los territorios donde se emplaza la hasta ahora base naval estadounidense de Guantánamo; ni mucho menos la implantación instantánea del modelo neoliberal en la isla y las empresas icono de su imperio transnacional: Coca Cola y McDonald’s. Esta es una época de transición, donde cada una de las partes irá abriendo su mano, en la medida de lo conveniente y lo posible, donde habrá que seguir esperando nuevos resultados de las mesas negociadoras.

 

El verdadero fin de la guerra fría

Al caminar por las calles de cualquier ciudad cubana habrá un detalle que llamará la atención al visitante: algunos jóvenes -con un dejo de rebeldía y provocación- usan motivos de la bandera de los Estados Unidos como parte de su vestimenta; allí empiezan los primeros cortocircuitos para cualquier entendido en materias internacionales, porque para comprender este momento histórico que vive la isla es necesario contextualizar en qué están los 11 millones de habitantes de Cuba y el otro resto que se encuentra desperdigado en el exilio político o el nuevo exilio, el de tipo económico: en el fin de la guerra fría. Sí, el fin de la guerra fría, aquel proceso de máxima tensión bélica posterior a la Segunda Guerra Mundial que vivió el bloque capitalista versus el bloque socialista,  y que culminó tras el derrumbe de la Unión Soviética, comenzando los noventa. Esta definición ya estaba absolutamente zanjada por los especialistas y, aparentemente,  por los libros de Historia Universal, pero no para los cubanos, quienes vivieron en carne propia el eufemismo propio del lenguaje belicista de esos años que les recordaba que este capítulo aún estaba inconcluso: “El Periodo Especial en tiempos de paz”, época en que al caer la URSS se vino abajo la economía cubana, se acabó el petróleo e, incluso, quedaron desabastecidos de elementos tan básicos como el jabón y el shampoo. Pero esas historias forman parte de los relatos de cualquier cubano, independiente su parecer político, porque todo niño recuerda que le tocó comer tiras de cáscara de plátano fritas, imaginando que se trataba de carne de res.

En pleno siglo XXI, Cuba es un país de contrastes, brillos, luces, medios tonos, sombras y oscuridad; y de entrada lo advierten los mismos nacionales con una frase de aquellas para inmortalizar en el bronce de una de las tantas plazas que asolean la figura del apóstol de la Revolución, José Martí: “No es ni el infierno ni el paraíso que pintan”. En la mayor de las Antillas todo y nada puede ocurrir; todo, siempre y cuando te acompañen una serie de factores como tener amistades cubanas que te ayuden a resolver, disponer y entender cómo y dónde usar el dinerito en moneda nacional y el peso cubano convertible (CUC, un equivalente al dólar americano), contar con que el clima esté de tu lado o disponer la posibilidad de elegir el medio en el cual transportarte; nada, si es que caíste en la trampa de aquellos que andan en la lucha y le compraste habanos al triple del precio oficial, si es que te agarra sin sombrilla un aguacero de aquellos donde caen palos de agua, si tienes la ocurrencia de salir de compras sin una jaba, sino de lo contrario tendrás que cargar las cosas en la mano por tratarse de un producto que escasea en el mercado; o al intentar coger la guagua no tuviste cómo entrar y no quedó otra opción que ir por los amarillos[1] o, como último recurso, coger botella.

 

La maldita/bendita circunstancia del agua

El lado paradisíaco de la isla, sin duda alguna, son los cubanos. Ellos conservan características propias de la nobleza de la gente de antaño, donde la familia, el apoyo en el vecindario, la hospitalidad, el respeto, la alegría y la cortesía son parte del eje inamovible de la idiosincrasia o cubanidad. De la nada, y sin esperar nada a cambio, puedes estar sentado en la mesa de un cubano de a pie, degustando un arroz congrí, el clásico potaje de frijoles negros, frituras de platanito y la infaltable carne de puerquito, porque en Cuba “las vacas son sagradas”. Es que el cubano vive el día a día, y no le importa desvivirse por sus visitas si a la semana siguiente no sabe qué tendrá en su olla o ya no posee más cupo en la tarjeta de abastecimiento. Después resolverá, porque en eso son expertos. Seguramente, el hecho geográfico de ser isla les ha beneficiado con una suerte de barrera natural contra las malas influencias del exterior, donde prima el individualismo y el materialismo; pero dentro de la mente del cubano está acuñada la frase del dramaturgo Virgilio Piñera: “La maldita circunstancia del agua por todas partes…”.  Este concepto de “gran muralla de mar” se acrecentó desde el triunfo de la Revolución, en 1959, y mayormente a partir de 1961, cuando Estados Unidos decide cortar por completo relaciones diplomáticas con el gobierno de Fidel Castro y estipula una serie de sanciones comerciales, económicas y financieras contra la isla, estableciendo el embargo económico.

En la actualidad, el cubano está inmerso en un entorno que se ha quedado detenido en el tiempo, no sólo en la arquitectura o en los coches viejos, sino también en el modelo económico, pero lo saben. En este sentido, mucho se habla de las consecuencias del bloqueo, pero en Cuba también existe autocrítica y se reconoce el bloqueo interno y la necesidad de una actualización al modelo socialista, de cuando la ex URSS era el principal sostén económico, pero de eso ya han pasado más de 25 años. Ese rol de soporte lo ha asumido Venezuela,  gracias a sus grandes reservas de petróleo y la estrecha filiación ideológica a nivel de gobiernos, pero esta ayuda sólo representa un paliativo para un enfermo que está conectado a ventilación mecánica y que requiere urgentemente un Save Our Soul, SOS.  En este sentido, cada upgrade que anuncia Raúl Castro es recibido con buenos ojos, sobre todo para aquellos que han decido salir del mundo del empleo que ofrece el Estado para así iniciar emprendimientos por cuenta propia, la gran mayoría ligados al turismo o los servicios varios (que pagan impuestos), donde la salud y la educación son áreas exclusivas del Estado. Esas dos áreas son intocables y consideradas pilares de la Revolución Cubana y que le han valido reconocimiento por parte de organismos internacionales. Por ejemplo,  Cuba posee el mayor índice de cantidad de médicos del mundo[2], el que llega a los 6,7 por cada mil habitantes, superando a los países desarrollados como Alemania, España, Francia, Suecia y el mismo EE.UU.; y según, el Banco Mundial, es el país que más invierte en educación:  el 12,8 por ciento de su Producto Interno Bruto[3].

 

El Decamerón caribeño

En contrapartida, cuando se refieren al infierno cubano, siempre se hace alusión al tema de los Derechos Humanos y la represión que viven las Damas de Blanco, de cómo se restringe la libertad de expresión al supuestamente periodismo independiente de la bloguera Yoani Sánchez o que los medios pertenecen en su totalidad al Estado y que son órgano oficial del Partido Comunista de Cuba, el único partido en la isla.  No puede faltar dentro del listado del libro de quejas los problemas de acceso y lo carísimo que es conectarse a Internet (que por cierto lo es),  en medio de una economía que sufre  por temas más pedestres que la necesidad de acceder las redes sociales y chatear; y mejor ni hablar de los filtros de contenido en la web. Las jineteras también son parte de la lista. Qué decir de los conocidos balseros que muestra la TV que, en míseras pero ingeniosas embarcaciones, emigran hacia Estados Unidos en busca de los beneficios que le otorga la Ley de Ajuste Cubano, arriesgando sus vidas sin importar el peligro de ser comidos por los tiburones o morir ahogados en alta mar, en un viaje de sólo 90 millas. Todo sea por el American dream.

En este punto de una de las jornadas del Decamerón isleño, es necesario adentrarse en el contexto de las relaciones cubano-estadounidenses. Por un lado, la política del país del norte siempre ha sido la de rechazar e imponer trabas al inmigrante ilegal; pero, por otra parte, otorga una serie de beneficios al cubano que llega a su territorio, ya sea con los pies secos o pies mojados, algo que sólo se puede entender teniendo en claro la historia que ha (des)unido por más de un siglo a Cuba y EE.UU., cuando la isla era dominada por los españoles, sellando recién su independencia en 1902,  gracias a la colaboración yanqui.

Dentro de otro de los temas sensibles está el de la crisis económica que viven los cubanos; esto lo resienten todos, incluso los profesionales, quienes en su gran mayoría han sido estudiantes destacados en escuelas y que han optado por carreras que demandan alta preparación como la medicina, ingeniería o la economía, pero que, en el futuro, el ejercicio de su profesión no les reportará grandes ganancias, obteniendo un sueldo que oscila entre los 17 y 25 dólares mensuales, obligándolos a rebuscárselas con dos y hasta tres empleos o a tener una actividad fuera del ámbito académico que les otorgue la posibilidad de recibir dinero, y mejor si hay CUC de por medio. Hoy por hoy, existe un grupo de jóvenes que están prefiriendo migrar hacia los empleos que ofrecen los cuentapropistas, como por ejemplo los paladares, donde un garzón puede obtener, entre propina y propina, unos 10 CUC diarios, la mitad de lo que ganaría en un mes en un trabajo estatal. Entonces, no es raro encontrar a un Licenciado en Economía convertido en el cocinero de un restaurante en El Vedado.

Otro punto crítico es el de la vivienda: sólo desde el año 2011 que los cubanos pueden comprar, vender, permutar o donar sus casas, pero su poder adquisitivo les cierra las puertas a cualquier afán de independencia.  De esta forma, una pareja cubana promedio con uno o dos hijos aspira a construir dentro del terreno o casa donde ya viven sus padres y abuelos; esto quiere decir que en cada vivienda, por lo menos, conviven tres o cuatro generaciones. Si de proyecciones se trata, otro de los temas en cuestión es la posibilidad de salir al extranjero. De poder, pueden, pero si no es por una beca completa de estudios que incluya pasajes y manutención, sus posibilidades se limitan inmensamente, considerando lo caro que es para ellos obtener el pasaporte ($100 dólares); en caso de tratarse de un viaje de turismo, requieren contar con una carta de invitación de la persona que visitan, acreditar mediante fotos o emails que existe una relación de por medio, y tener en la mano el pasaje de avión del lugar de destino, que mínimo tiene un valor de $ 700 dólares, ida y vuelta (este último no será ocupado, por lo general). Por eso, reitero: de poder, pueden viajar, pero en la práctica el tema del dinero hace que cruzar las fronteras se convierta en una posibilidad única y exclusivamente para quienes tienen familia en el extranjero, pareja o muy buenos amigos que estén dispuestos a desembolsar una buena suma. La guinda de la torta es la migración interna: por lo general se da de Oriente a Occidente, con destino a La Habana, pero para radicarse en una provincia que no sea la de nacimiento cada persona debe acreditar una residencia fija, de lo contrario no podrá establecerse en la capital y quedará en calidad de ilegal[4]. Por lo mismo, y ante todo este nuevo escenario que se está fraguando, muchos sueñan despiertos,  y en eso son expertos los cubanos, porque si sueños se trata, esos no tienen nacionalidad, son ciudadanos del mundo.

 

Ni Varadero ni La Habana Vieja

“¡Qué país, qué país!”, exclamaba contínuamente el general español Resóplez,  un personaje de la serie de muñequitos de las Aventuras de Elpidio Valdés, un clásico que vio todo niño en la isla. De esa manera, explicaba porqué perdió la guerra de la Independencia en Cuba y resumía las condiciones tan especiales de su clima, ya que de un minuto a otro llueve, luego sale el sol, entre medio se pone y saca la armadura, le cae un coco en la cabeza, llega un huracán, etcétera; siempre una suma y resta de factores son los que gatillan el estado de las cosas en Cuba, los que pueden ser vistos con buenos o malos ojos.

Para tomar un veredicto, no es suficiente quedarse únicamente con la campaña y la contracampaña referida a la isla; en cada una de las visiones existe una idealización o demonización y sus efectos en una población que “muere” o “goza” de hambre… de conocer otros países, de tener una vivienda propia, de aspirar a contar con un capital que le permita proyectarse junto a su familia; pero la actualización del modelo económico cubano no debería dejar de lado esta buena política orientada a una salud y educación de calidad proporcionada y garantizada por el Estado, acompañada del acceso y fomento de la cultura y las artes, y en un entorno seguro, sin los problemas clásicos de la delincuencia o el secuestro, tan habituales en el contexto latinoamericano. Que quede claro: Cuba no es Varadero, ni tampoco es un país que se cae a pedazos, como algunos sectores de La Habana Vieja.

Probablemente, en cinco años más preguntaremos por la casa de Miguelito, el del tractor, y nos dirán que es mejor que encendamos el GPS, por tratarse de un sistema más acorde a los nuevos tiempos. Ya las cosas habrán cambiado. Quién sabe. El realismo mágico de Don Gabo se puede quedar corto.

 


[1] Funcionarios del Estado vestidos de amarillo encargados de dar solución  a la problemática del transporte en Cuba. La gente se ubica junto a ellos, quienes detienen a vehículos del Estado y, dependiendo a donde se dirija y si existen asientos disponibles, por un peso cubano puede acercar a la persona a su destino.
[2] Ver más datos en http://datos.bancomundial.org/indicador/SH.MED.PHYS.ZS/countries/1W?display=default
[3] Ver más datos en http://datos.bancomundial.org/indicador/SE.XPD.TOTL.GD.ZS
[4] Según lo establece el Decreto-Ley 217 de 22 de abril de 1997, “Regulaciones Migratorias Internas para la Ciudad de La Habana”.