Por Manuel Flores, magíster en Comunicación Social.

La campaña política desplegada durante la segunda vuelta electoral en Chile ha sido interesante por la entrada en acción de un promisorio actor político: el voto de los evangélicos. Extrañamente, el foco de atención ha estado marcado por un credo que posee alrededor de un 17 por ciento de fieles, según el cuestionado Censo del año 2012.

 A simple vista, estamos hablando de una “Guerra Santa”, pero que por alguna estrategia de la candidata de la derecha, Evelyn Matthei, ha impulsado como gran eje diferenciador de su contendora, la ex presidenta Michelle Bachelet. ¿Por qué los evangélicos han entrado a ser parte de la recta final de estas elecciones?

Matthei proviene de una familia luterana, de aquellos inmigrantes alemanes que llegaron al Sur de Chile, en la colonización promovida por el Estado a mediados del siglo XIX. Este no es un punto menor, pues incluso ha dicho que en su gobierno no hará nada que esté contrario a la Biblia. Inmediatamente alerta a los creyentes el tema de la legalización del  aborto y el matrimonio homosexual del que tanto hablan los partidarios de centroizquierda, conglomerado representado por Bachelet.

No se puede soslayar que en el mundo evangélico y protestante chileno la voz de los luteranos tiene gran peso. Mal que mal, son los herederos directos de la Reforma del siglo XVI en Europa, fundadores de universidades y dentro de su liderazgo siempre han coexistido ideas progresistas y de Estado mayormente ligadas al ejercicio del poder, experiencia que hacen notar. En contrapartida, un gran porcentaje del pastorado clásico chileno proviene de una formación educacional bastante precaria, autodidacta e influenciada por la teología pentecostal que grita a voz en cuello que “la letra mata” y “¡Chile para Cristo!”. Sin duda, en estas últimas décadas la inclusión de jóvenes evangélicos a las universidades ha generado una nueva mentalidad, pero no es una mayoría abrumadora, debido al llegar a la edad adulta prefieren, en algunos casos, desertar y mantenerse ajenos a sus congregaciones de origen, optando por llevar una vida alejada de las iglesias.

Evelyn Matthei y sus asesores han sido hábiles al interpretar este nuevo escenario. Han desviado la atención, omitiendo temas como por ejemplo la reforma al sistema binominal, la protección de los trabajadores y la reforma tributaria que posibilite una educación gratuita y de calidad para todos.

El evangélico, ante los ojos de la derecha (y de cualquier corriente ideológica actual), es visto como una familia modelo del Chile del siglo XXI. Allí se encuentra la figura del padre y la madre, el matrimonio bien constituido y los hijos. Perfectamente calzan con el estereotipo de familia aspiracional, de extracción popular y que, gracias a esfuerzos personales y las facilidades en el acceso a la educación, sus hijos pasan a ser los primeros profesionales de la casa. Para este nuevo potencial elector ya no sólo es importante la casa propia con la entrada de auto y un verde jardín, sino que empieza a abrir los ojos a una sociedad que lo espera como cliente de bancos y multitiendas, que le ofrece unas soñadas vacaciones en el Caribe o Brasil.  

Pero, la táctica de la Alianza ha estado mal enfocada por la siguiente razón: el evangélico no necesariamente vota de acuerdo a lo que recomienda su obispo, pastor o líder como ocurrió en otra época. De todas maneras, aún se sigue practicando como estrategia electoral por parte de los candidatos el subir al púlpito para pedir el voto, lo que puede marcar cierta influencia a la hora de votar, instrumentalizando la fe de los creyentes.

Para ilustrar la utilización política, un caso emblemático es lo ocurrido con  el general Augusto Pinochet Ugarte en la década de los 70. Al no contar con el apoyo de la Iglesia Católica, que lo fustigaba por la temática de los Derechos Humanos, el dictador se las arregló para generar nexos con una institución necesitada de estatus y vínculos con el poder: la Iglesia Metodista Pentecostal de Chile. De esta relación de apoyo mutuo surgió en 1975 el primer tedéum evangélico, que hasta el día de hoy se realiza con la asistencia del presidente de la República y máximas autoridades del país.

En este sentido, la “Iglesia Evangélica” (entendiendo que no existe esa estructura jerárquica comparable a la Iglesia Católica) no es, en general, una formadora de ideas políticas, ni mucho menos posee una doctrina clara en cuanto a problemáticas de carácter social, salubridad ni en materias ligadas a la economía. Lo que conocemos como “Iglesia Evangélica” es un organismo que plantea la necesidad del cambio interior, desde una perspectiva espiritual, donde no necesariamente el cristiano debe ligarse a este mundo carnal y contaminado por las influencias del materialismo ateo o el neoliberalismo consumista, amante del lucro y la empresa privada. El cristiano, ese potencial  votante y eventual público cautivo, ora por sus autoridades porque se lo manda la Biblia, pero no significa que posea una cultura política ni mucho menos sienta una afinidad por quien está en un alto cargo público. Más bien, en él prima un concepto de libertad de conciencia, donde ejerce su decisión en el plano individual-personal.

Por último, la polarización planteada por la candidata de la derecha inmediatamente nos lleva a tiempos pretéritos, donde se pretendía dividir a la población chilena entre ateos/comunistas y cristianos/demócratas. Sin duda, esa es una etapa superada en la historia del país, a pesar de las críticas que se le pueda realizar al modelo económico y social desarrollado en Chile desde el retorno de la Democracia.

En el mundo de hoy, tanto el Estado como las grandes empresas deben subsistir en un mismo escenario, donde los esfuerzos de estos dos grandes pilares de la sociedad son los que marcan la diferencia a la hora de generar equidad en los sueldos de los trabajadores, igualdad de oportunidades, como también el avance de los indicadores económicos. Sin duda, estos conceptos los tiene claros el comando de Bachelet.

Para quienes intentan demonizar la figura de la ex presidenta, recordemos que durante su gobierno se promulgó la Ley que estableció el Día Nacional de las Iglesias Evangélicas y Protestantes. Otro antecedente es que en su programa de gobierno 2014-2018, se ha comprometido a que, en una eventual nueva Constitución Política, se reafirme la separación entre el Estado y las Iglesias (anhelo de los evangélicos chilenos del siglo XIX y principios del XX), donde el Estado mantenga una actitud neutral frente a la religión, “con el pleno respeto por las creencias religiosas y éticas de las personas, y la práctica del culto”.

Sin duda, el voto evangélico ha entrado a definir esta elección presidencial, pero la campaña desplegada por Matthei no es suficiente para conquistar a este nuevo grupo de interés en la política chilena. Por otra parte, si Bachelet desea contar con el apoyo del electorado evangélico deberá establecer las alianzas correctas con representantes de las distintas líneas de pensamiento cristiano, que no necesariamente se encuentran en la Mesa Ampliada de Entidades Evangélicas ni en las iglesias; y, aventurándonos más allá del 15 de diciembre, en su eventual presidencia, su vuelta de mano no se resuelve delegando la Oficina Nacional de Asuntos Religiosos a uno de los tantos líderes evangélicos, sino que integrándolos en distintas área del quehacer de su gobierno.

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