por Abraham Sepúlveda

Ya son casi dos meses desde que comencé a disfrutar esta oportunidad de viajar, estudiar, conocer y experimentar una cultura distinta a la mía, llena de matices y expresiones a través de las cuales he aprendido y valorado algunas cosas que quisiera compartir en estas líneas.

Me encuentro viviendo en Brisbane, la tercera ciudad más grande de Australia (3.5 millones de habitantes), donde el 20% son extranjeros, pero algunos de los idiomas predominantes (después del inglés, obviamente) son el chino, el vietnamita e italiano. Claramente, soy minoría en estos lados. Por otra parte, estoy cursando mis clases en una universidad con 44 mil estudiantes, donde 11 mil son internacionales y de 134 diferentes nacionalidades. De esos, chilenos somos pocos.  Por lo tanto, no sólo escribo desde “el otro lado” del mundo, sino también desde un contexto donde no soy mayoría y mi idioma no predomina.

El cambio fue grande, culturalmente y también en lo personal. De tener responsabilidades en una iglesia local y ministerio universitario, amigos y círculo cercano, pasé a un lugar donde después de clases o los domingos por la mañana no hay función o responsabilidad que cumplir en una Comunidad Misional o en una iglesia local. Un lugar donde nadie me conoce y haga lo que haga paso totalmente desapercibido. Muchos describirían esto como un “relax” o riesgo que no debo tomar y por lo tanto llenar rápidamente mi agenda de algunas actividades “religiosas” para sentirme como en casa y cumplir con mis compromisos con Dios. Pero, precisamente, eso es lo que he aprendido a no hacer en mi tiempo acá. Déjame aclarar: amo y disfruto servir en una iglesia y/o organización, me apasiona reunirme con otros que creen lo mismo que yo e incluso con quienes desean escuchar también lo que creo aunque ellos no lo profesen. Pero, ¿de eso se trata el cristianismo? ¿Es suficiente? O por ponerlo de otra manera, ¿por ahí se parte?  Hace unos años atrás creía que la respuesta empezaba por ahí. Con el tiempo comprendí que no, pero aún así mi agenda seguía siendo la misma, actividades, iglesia, cargos, etc. Muchas veces el fin era involucrarse con una iglesia/ministerio y así crecer en mi fe. Hoy experimento todo lo contrario. No tengo cargos, responsabilidades, una iglesia, amigos cristianos, sólo mi Biblia y mi tiempo personal con Dios. ¿Será que Dios me esta hablando con esto? Definitivamente, sí.

El apóstol Pablo cuenta en su carta a los Filipenses que muchas de las cosas que estimaba y eran su ganancia, las tiene por basura (literalmente estiércol) en comparación con el hecho mismo de conocer  a Cristo. El versículo 10 comienza con la expresión “a fin de conocerle”. Pablo comprendió el propósito y sentido de la vida… conocer a Cristo, lo demás es secundario. Si bien el menciona su vida como no creyente dentro de las cosas que estimaba y que luego consideró como pérdida, podemos aplicarlo a nuestra misma vida como cristianos (actividades, cargos, amigos, liderazgo, títulos, etc). Digo esto porque, en el versículo 12, Pablo dice que aún no lo ha logrado (el conocer del todo a Cristo y ser semejante a Él en su muerte), sino que aún camina y vive con ese fin en su mente… valorar a Cristo por sobre todo lo demás, incluyendo las cosas que aún como cristiano practicaba.

No me malentiendas, no quiero expresar que Pablo no valoraba su ministerio ni las iglesias que había plantado. Mi punto es este: el fin siempre es conocer a Cristo, tanto como cuando llegamos a ser cristianos como durante nuestro andar el resto de nuestras vidas.  Tristemente nuestra tendencia es vivir un cristianismo donde el fin de nuestras vidas comienza siendo Cristo, pero en el camino algo pasa que terminamos expresando con nuestras vidas (aunque nuestros labios digan lo teológicamente correcto) que el fin es ser parte de una iglesia, obtener algún cargo, leer más la Biblia, ir más veces a la iglesia, encerrarme más en una burbuja cristiana, ganar más discusiones sobre teología, etc.  Insisto, muchas de estas cosas son buenas y te animo a que las hagas, otras simplemente no sirven y poco edifican, pero cuando el fin no es conocer a Cristo en humildad y sumisión,  nuestra visión es borrosa.

En estos dos meses he extrañado como nunca mis amigos cristianos, mis compañeros de ministerio, mi familia e iglesia. Pero he aprendido como nunca que Jesucristo es lo que necesito, que Él es mi primer amigo, que como hijo de Dios mi responsabilidad de amarle y conocerle  es mayor que cualquier otra. Que la mejor “actividad” es pasar tiempo con Él. Ahí comienza y termina la vida del cristiano, en la cruz. De eso se trata. Una vez que comprendemos eso somos capaces de servir en la iglesia correctamente, de liderar/servir correctamente a otros, de afianzar lazos con  amigos, etc.

Quiero enfatizar lo siguiente: el fin siempre es conocerle y amarle. Si eso no es lo que te impulsa a hacer las cosas, detente a reflexionar en tu andar por un momento. Rodeados de gente y amigos es fácil decir estas palabras  e incluso vivirlas, pero una vez solos y fuera de “nuestro lugar”, Dios nos muestra QUÉ es lo que necesitamos, con QUIÉN comienza y termina nuestro  andar.  Se me viene también a la mente cuando Jesús dijo a una multitud (Mateo 5:1) que los pobres en espíritu eran bienaventurados (bendecidos y dichosos) y que ellos heredarían el reino de los cielos. Claramente no habló en sentido literal pues el ser pobre no hace a nadie más ni menos espiritual. Jesús aquí utiliza una palabra que describe al mas pobre de los pobres, a alguien que no tiene nada que ofrecer, alguien que lo único que le queda hacer es extender la mano para pedir y recibir algo. No tiene otra opción. Bueno, de eso se trata el caminar con Jesucristo, el entender que somos pobres y mendigos espirituales, que no tenemos nada que ofrecer sino que extender nuestras manos para recibir algo, no hay otra opción.

Me tocó venir al otro lado del mundo para re-asimilar estas verdades, me tocó sentirme solo y lejos de “mi lugar” para comprender el mensaje que Dios me estaba enseñando: “Soy yo, es a mí a quien necesitas, el sentido de la vida comienza y termina conmigo. Búscame, ámame, conóceme y luego has todo lo demás, pero recuerda: yo soy el fin de todas las cosas, se trata de mi. Esto no es una actividad, ¡ESTO ES VIDA!”.