Por Pablo Sánchez Márquez

La relación entre los asuntos públicos y la Iglesia Cristiana ha sido difícil. Cada vez, la iglesia tiene menor legitimidad social para debatir sobre los grandes temas que enfrenta la sociedad, y las veces que expresa públicamente su opinión, el “sacrosanto” principio del Estado Laico y la Separación Iglesia-Estado aparece con rapidez. Esto se ha hecho patente en las discusiones sobre aborto, matrimonio homosexual y eutanasia.

Esta disminución de la credibilidad social de la iglesia surge por varias razones. Quizá –y sin intención de ser reduccionista- la primera sea los abusos a menores por sacerdotes católicos o situaciones similares en otras instituciones religiosas. Eso, le ha restado validez social al evangelio y ha deshonrado el nombre de Cristo, afectando como consecuencia a la Iglesia Cristiana evangélica.

Lo segundo es la lamentable politización de los “líderes” del llamado “mundo evangélico”. Con la intención de “influir” en asuntos públicos, algunos pastores han optado por relacionarse con sectores políticos definidos, lo que en vez de resultar en influir en la agenda pública de esos sectores, se han vuelto el brazo evangélico “de derecha” o “de izquierda”, dividiendo al pueblo de Dios en facciones políticas.

Esto nos ha dejado una Iglesia dañada, politizada y sin mucha legitimidad para ser parte del dialogo público.

Pese a ello, aún reserva un espacio –por pequeño que sea- para dar su opinión. Sin embargo, algo impide que su opinión sea siquiera considerada con seriedad. Tal parece que la opinión de los cristianos es previsible… “siempre se opondrán al progreso de la sociedad”; “quieren imponer su moral”. Hasta aquí llega la participación de la iglesia cristiana en el debate público. Por cierto, ¿Quién puede oponerse al progreso?

Frente a este estado de cosas, presento algunas reflexiones:

Separación de roles

La opinión de la “iglesia” no es la opinión del pastor, sea que esté “de moda” o aquel que tenga más acceso a los medios. En efecto, sugiero que los pastores no debieran intervenir en estos asuntos.

El rol de pastor está descrito en la Biblia como una labor de enseñar las Escrituras al pueblo de Dios. Es un maestro, un heraldo, como escribe John Stott[1].

El ministro ordenado no es un actor político en la agenda pública. El pastor debe formar a los laicos[2] para tener una visión bíblica de la realidad, de modo que estos puedan debatir y defender la visión cristiana de las cosas. Son los laicos en primera instancia, lo que deben –o deberían- involucrarse en el debate público dando una opinión basada en el evangelio.

Lo anterior no significa que, en caso excepcional,  con acuerdo de la asamblea de la iglesia, y con una postura unificada y previamente debatida internamente, podría eventualmente un pastor representar esa opinión. Podemos considerar como parte de su rol de dar a conocer el evangelio, el participar de los temas públicos, representando una visión evangélica genuina. Aunque parece no ser lo ideal.

Bases para el debate

Es importante entender que el presupuesto bíblico es opuesto a los presupuestos de la sociedad[3]. La sociedad contemporánea ya no acepta la Biblia como la Palabra de Dios. Ni siquiera acepta la existencia de Dios. Debemos tener claridad respecto de lo que la sociedad contemporánea piensa de la visión bíblica; es una locura, un sinsentido[4].

Aquellos involucrados en el debate público deben comprender el evangelio Y la forma de pensar de la sociedad contemporánea. ¿Qué piensa la sociedad del bien o del mal? ¿Qué piensa de la salvación? ¿Qué piensa del pecado? ¿Qué piensa de la iglesia? ¿Qué es el progreso para la sociedad, en qué consiste? ¿Qué valores busca la sociedad? ¿Prefiere la libertad o la igualdad? ¿O ambos?

Una vez que hemos entendido la visión de la sociedad, nuestro deber es hacer ver las inconsistencias de sus propias ideas. ¿Cómo reconciliamos una alta valoración de los Derechos Humanos con el aborto? ¿Cómo reconciliamos el aumentar los impuestos para ser solidarios con la idea de no imponer valores en la sociedad?

Los laicos tienen muchos más que decir en estas áreas, puesto que es el área de sus trabajos. Debemos usar la terminología de la sociedad, para debatir con la sociedad. Usando la lógica de la sociedad, es perfectamente posible demostrar lo irracional y contradictorio que es el pensamiento postmoderno.

No esperar resultados positivos

La Biblia tiene una visión de la sociedad no cristiana. Es una sociedad donde prima el amor… el amor a sí mismo, el amor al dinero, al poder, al éxito, al sexo. Es una sociedad idólatra[5]. Por eso la reacción de la sociedad frente a las verdades bíblicas es la crispación, la ridiculización y en otro extremo, la persecución. El evangelio es contracultural. Nuestro deber demostrar las contradicciones de la sociedad, dar razones de nuestra fe[6] y hacer un llamado al arrepentimiento. Pero es el Espíritu Santo quien abre la mente y los ojos de las personas para entender el evangelio y ver a Cristo en todo su esplendor y correr hacia él en desesperación por salvación.

Esta es una de las razones por la que los pastores, ni ninguna iglesia o confesión cristiana, debe en caso alguno identificarse con un sector político. No podemos depositar nuestras esperanzas en lo que haga un gobierno. Nuestra esperanza está en el gobierno universal y eterno de Cristo, que hoy se ve reflejado en la vida de su iglesia. Nuestro deber es predicar el evangelio, incluso en el debate público.


[1] Ver Libro “Las Facetas del Predicador” de John Stott.

[2] Al respecto, recomiendo “El Enrejado y la Vid” de Colin Marshall y Tony Payne, “Cristianismo y liberalismo” de J. Gresham Machen, “Conferencias sobre el Calvinismo” de Abraham Kuyper, “Una mente Cristiana” de Nicolás Lammé, “Incredulidad y revolución” de Guillermo Groen Van Pristenrer.

[3] Al respecto, ver “Verdad bíblica, mentiras paganas”; “Uno o dos” de Peter Jones, y “¿Por qué un único camino?” de John MacArthur.

[4] I Corintios 1.22

[5] II Timoteo 3.1-5

[6] I Pedro 2.15-17